Aimunan.
El dedo del séptimo guerrero subía por mi pierna con una lentitud que buscaba quebrarme. No era solo un contacto físico; era una invasión vulgar, una forma de decirme que, aunque fuera la heredera, ante sus ojos solo era un cuerpo que reclamar. Usaba la imagen de Alexander para confundir mis sentidos, pero aquel fraude olía a rancio, a engaño.
Resiste, Munan, me ordené, sintiendo cómo el sudor frío se mezclaba con la humedad del ambiente. Miré el reloj de reojo: casi las siete. El ef