Dante se incorporó lentamente, sus labios aún húmedos por ella, su mirada cargada de deseo. Livia apenas podía sostenerle la mirada. Su pecho subía y bajaba con rapidez, sus mejillas ardían. No sabía si su temblor era por vergüenza, por emoción o por puro nerviosismo.
Sin decir una palabra, Dante se desabrochó la camisa con movimientos lentos y seguros. Uno a uno, los botones cayeron hasta que dejó al descubierto su pecho firme, tatuado y marcado por el tiempo, por la vida dura que había llevad