Después de las clases improvisadas de coqueteo en la playa, Livia sentía su cuerpo más suelto, más liviano, y, sobre todo, más suyo. Sofía la había empujado con ternura a cruzar la barrera del pudor… y ahora se sentía lista para más.
Esa tarde, después de ducharse y cambiarse, bajaron juntas al lobby, donde el chico de recepción —uno joven, muy sonriente— les recomendó un centro comercial no muy lejos. “Moderno, elegante y con boutiques hermosas”, había dicho.
—Vamos. Que este día se trata de t