El mar como testigo

— ¡¿QUÉ?! —Sofía casi se atraganta con el café al escuchar a Livia.

Estaban en la terraza del hotel, al borde de la piscina, en unas tumbonas con sus batitas blancas de baño. Era temprano, el sol apenas empezaba a subir, y ya tenían café caliente, tostadas y fruta sobre la mesa.

Livia, aún con las mejillas encendidas, bajó la vista.

—Baja la voz…

— ¡No puedo bajarla! ¡Me estás diciendo que fuiste tú quien lo besó primero! ¿Tú?! ¿Mi Livia del convento?

—Shhh —insistió Livia, llevándose una mano
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