El galpón seguía igual de frío que la noche anterior. La luz entraba por una rendija del techo, dejando líneas delgadas de sol que atravesaban el polvo suspendido en el aire. Livia, sentada sobre el colchón, se frotaba las mismas muñecas adorables. Luca se acercó con una taza de agua, su rostro demacrado, pero sus ojos llenos de intensidad.
—Toma —le ofreció sin mirarla del todo.
Livia accedió con cautela.
— ¿Marcello no está?
—Salió a “verificar que todo esté en orden”, como dice siempre —reso