El evento había terminado. Las luces se apagaban en la villa, los invitados se despedían con sonrisas diplomáticas. Dante caminaba junto a Livia en silencio, su mano sobre la espalda baja de ella, guiándola con ese gesto posesivo que, aunque discreto, se sentía inevitablemente firme.
Dante abrió la puerta del auto y esperó a que Livia subiera antes de rodear el vehículo y tomar el asiento del conductor.
En el interior, reinaba el silencio. La radio estaba apagada. Las calles oscuras de Palermo