El cielo de la costa brillaba con una intensidad dorada cuando el jet privado aterrizó en el pequeño aeródromo del sur. Afuera, el aire olía a sal, a olivares cercanos y a tierra caliente. Un chófer los esperaba con dos camionetas negras, que los llevaron por un camino bordeado de cipreses, mientras el sol comenzaba a bajar lentamente hacia el horizonte.
La villa estaba ubicada sobre una colina con vista directa al mar Tirreno. Era una casa antigua, restaurada con buen gusto: paredes de piedra