La tarde llegó más rápido de lo que Livia esperaba. Después del desayuno silencioso con Dante, pasó las horas entre su habitación y los jardines, preguntándose por qué su presencia parecía no solo inquietarla a ella… sino también al propio Dante.
A las cinco en punto, la puerta se abrió sin previo aviso. Dante estaba en el umbral, con un traje gris oscuro y una mirada que ya conocía: práctica, directa, sin adornos.
—Es hora —dijo, sin preámbulos.
Livia asintió. Ya estaba lista. Llevaba un vesti