La mansión Sterling nunca se había sentido tan inmensa, ni tan desesperadamente fría. Era una jaula de mármol y silencios espesos donde el tiempo parecía haberse detenido en un bucle de agonía.
Habían pasado tres días desde que Luciana cruzó el umbral arrastrando los pies tras la noche del callejón, con la mirada vacía y el cuerpo temblando bajo una fiebre que ningún antibiótico parecía capaz de domesticar.
Para el mundo exterior, la CEO de Sterling Industries estaba simplemente indispuesta.
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