La mansión Sterling nunca se había sentido tan inmensa, ni tan desesperadamente fría. Era una jaula de mármol y silencios espesos donde el tiempo parecía haberse detenido en un bucle de agonía.
Habían pasado tres días desde que Luciana cruzó el umbral arrastrando los pies tras la noche del callejón, con la mirada vacía y el cuerpo temblando bajo una fiebre que ningún antibiótico parecía capaz de domesticar.
Para el mundo exterior, la CEO de Sterling Industries estaba simplemente indispuesta.
Jerome, cumpliendo las órdenes tajantes de su jefa, le había comunicado a Richard que Luciana sufría una gripe severa y necesitaba descanso absoluto. Richard, confiando en la legendaria resistencia de la joven, asintió desde su oficina. Sus asistentes se encargarían de la transición; Luciana solo sería contactada en caso de una catástrofe.
Lo que Richard no sabía —lo que Luciana se negaba que supieran— era que no se trataba de una gripe.
Era una rendición total del alma. El cuerpo de Luciana simple