El Plaza tenía esa clase de grandeza que no pide disculpas.
Molduras doradas. Alfombras color champán. Arreglos florales del tamaño de una persona pequeña en cada rincón del salón de baile. La luz venía de todas partes y de ninguna en particular, como si el edificio entero hubiera decidido que esa noche no habría sombras.
Luciana llegó a las tres y cuarenta y cinco con Jerome y el vestido verde esmeralda que Mary había planchado esa mañana sin preguntar nada. Se bajó del coche, entró por las pu