El atelier de la Quinta Avenida era el lugar donde las novias llegaban con ansiedad y salían convertidas en una versión exacta de lo que querían.
Lilly no iba allí a descubrir nada.
Iba a confirmar una decisión tomada años antes.
Llegó con tres referencias visuales impresas en papel fotográfico —no en el teléfono, en papel, porque Lilly tenía la convicción de que las cosas importantes merecían ser tangibles— y con la claridad de quien sabía exactamente lo que buscaba desde los dieciséis, cuando