Tokio no dormía, y Stefan Vanderbilt tampoco.
Eran las tres de la mañana en el distrito de Marunouchi. El resplandor azul de tres monitores era la única luz en su cubículo del "Piso de Operaciones". Stefan se aflojó la corbata por décima vez en la noche. Frente a él, las gráficas de los mercados asiáticos parpadeaban, pero sus ojos no veían números. Veían un calendario en su teléfono que marcaba una fecha cruel.
Día 70 de 120.
Habían pasado doce días desde que subió a ese avión. Doce días de