Julian Hayes conocía sus límites con precisión de arquitecto.
No era modestia. Era oficio.
Los arquitectos aprendían pronto que el trabajo no consistía en imponer una forma al espacio, sino en entender qué podía sostenerse y qué no. Las estructuras sólidas tenían una lógica propia. Podías trabajar con ella o ignorarla. Ignorarla siempre terminaba saliendo caro.
Julian sabía cuándo un proyecto era viable.
Sabía también cuándo era solo una idea hermosa sin base suficiente para durar.
Y llevaba se