La luz del amanecer en el Upper East Side no traía la paz prometida en los libros de poesía; traía una claridad gélida y despiadada que ponía en evidencia cada grieta de una relación rota. El sol se filtraba por las pesadas cortinas de la mansión Sterling, iluminando las partículas de polvo que flotaban en la suite.
Ethan se despertó mucho antes de que Luciana abriera los ojos. Sus brazos seguían rodeándola, actuando como un escudo instintivo contra los fantasmas que la habían acechado durante la madrugada. La fiebre de Luciana no había bajado completamente; su piel todavía emanaba un calor excesivo, un fuego bajo que se negaba a extinguirse, y permanecía bañada en un sudor ligero que pegaba su camiseta al cuerpo. Sin embargo, los episodios de delirio habían cesado. Ethan, observándola en la penumbra, percibía que la crisis física estaba remitiendo, pero la emocional sería una montaña mucho más complicada.
Con un cuidado infinito, Ethan comenzó a zafarse del abrazo. Sus propios nudillo