Luciana llevaba diez minutos mirando la puerta del Café Noir.
Esperaba a Damian Cross.
Y rezaba porque Stefan Vanderbilt no apareciera.
El café era uno de esos lugares donde la élite de Manhattan iba a “ser vista” mientras fingía querer privacidad. El aroma a café recién molido se mezclaba con perfumes caros y el murmullo de conversaciones que pretendían ser discretas. Perfecto para lo que necesitaba.
Damian llegó exactamente a tiempo, con esa sonrisa relajada que parecía no tener preocupaciones