Freddy había elegido el restaurante con la precisión de quien lleva semanas esperando el momento correcto.
Tribeca. Un italiano pequeño en Harrison Street, con luz baja y mesas lo bastante separadas como para que una conversación pudiera ocurrir sin audiencia. No era un lugar para dejarse ver. Era un lugar para hablar.
Eso era lo que necesitaba esta noche.
Hablar.
O, más exactamente, conseguir que Luciana y Ethan compartieran un espacio menos blindado que una sala de reuniones, menos rígido que