La suite de Kate Morrison en el hotel de Chelsea tenía ventanas del suelo al techo y una vista de Manhattan que, a ciertas horas, parecía excesiva. Como si la ciudad estuviera mostrando demasiado.
Los edificios se encendían uno por uno a medida que caía la tarde. El Hudson, al fondo, devolvía una franja opaca de plata. El cielo estaba en ese tono preciso entre el azul y el negro que dura apenas unos minutos antes de rendirse del todo.
Kate no había decorado la suite.
No decoraba los hoteles. Lo