Una semana después, las cosas seguían su curso entre ellos. No había grandes declaraciones ni promesas, pero existía una rutina que empezaba a sentirse peligrosamente natural. Se veían al llegar a casa, compartían el espacio en el trabajo y terminaban el día con cenas que se prolongaban entre copas de vino y silencios cargados. Solo se habían distanciado las dos veces que Dante tuvo que salir de la ciudad por negocios, noches en las que Ariadna descubrió, con un deje de molestia, que la cama se