La mañana avanzaba con una pesadez asfixiante. Ariadna se encontraba en el pequeño balcón de su habitación, observando cómo los jardineros trabajaban en los setos con una precisión quirúrgica. Todo en esa mansión era perfecto, ordenado y falso. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un suave golpe en la puerta. Antes de que pudiera responder, Miles entró.
Esta vez no intentó acorralarla. Se mantuvo a una distancia prudente, con las manos entrelazadas al frente, adoptando una postura de humil