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Ariadna salió de la oficina con la cabeza embotada. El aire acondicionado del edificio, que ahora se sentía como una nevera industrial, le había dejado la piel fría, pero por dentro ardía de indignación. Manejó el Volvo con manos tensas, esquivando el tráfico de la ciudad hasta llegar al hospital.

Eran pasadas las cinco de la tarde. El sol empezaba a caer, tiñendo de naranja los pasillos esterilizados. Al llegar a la planta, se detuvo frente a la puerta de la habitación 402. Su padre, Arturo Leo
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