Mundo ficciónIniciar sesión"En el mundo del chocolate más fino, el ingrediente más amargo es la traición". Romy Villalobos tiene veinte años y un corazón que no cabe en los estándares de la alta sociedad de San Valente. Heredera de un imperio cacaotero, regresa a casa esperando el abrazo de su familia, pero solo encuentra el desprecio de una tía implacable y las burlas de un círculo social que solo valora la talla cero. Sin embargo, hay alguien que la mira de forma diferente. Apolo, su primo de crianza y el hombre que domina sus sueños más prohibidos, se debate entre el deber familiar y la chispa eléctrica que surge cada vez que sus manos se rozan. Él es el heredero perfecto; ella, la "gorda" que todos prefieren ignorar. Pero entre ellos arde un deseo que desafía los apellidos y las apariencias. Una noche de fuego y cenizas lo cambiará todo. Tras una humillación pública y una traición que casi le cuesta la vida, Romy desaparece. El mundo la da por muerta, y Apolo queda condenado a una vida de sombras y remordimientos. Tres años después, una misteriosa y poderosa inversionista llega a San Valente. Se hace llamar Victoria, posee una belleza letal y una seguridad que pone de rodillas a la junta directiva de los Villalobos. Ha vuelto para recuperar su legado y destruir a quienes la pisotearon. Apolo quedará hechizado por esta nueva mujer, sin sospechar que detrás de esa mirada de acero se esconde la joven dulce que juró amar por siempre. ¿Podrá el amor reconocer la esencia de una persona cuando el cuerpo ha cambiado? ¿Será el deseo de venganza más fuerte que la pasión que aún los une? "Ella volvió por justicia... pero terminará atrapada en el peso de su propio corazón".
Leer másEl aroma del chocolate caliente recién batido siempre me había parecido el olor del hogar, pero ese día, mientras terminaba de empacar mi última maleta para irme a la universidad, el aroma me resultaba asfixiante. Tenía dieciséis años, un intelecto que había saltado grados y un cuerpo que, según mi tía Agatha, era el único obstáculo entre yo y la "grandeza".
—¿Romy? ¿Todavía estás lidiando con esos trapos? —la voz de Agatha entró antes que ella a mi habitación. Se detuvo en el umbral, impecable en su traje sastre color crema, mirándome con esa mezcla de lástima y repugnancia que reservaba para los "defectuosos".
—Ya casi termino, tía. Solo trato de que todo quepa —respondí, sentándome sobre la maleta para intentar cerrarla.
—Por supuesto que no cabe, querida. Si compraras ropa de tu talla real en lugar de esas carpas de circo, tendrías espacio de sobra. Pero supongo que la discreción no es lo tuyo —dio un paso al frente y tocó una de mis blusas con la punta de los dedos, como si temiera contagiarse de algo—. En la universidad nadie te conocerá como la "Heredera Villalobos". Allá serás simplemente una muchacha con problemas de disciplina. Deberías agradecer que te envío lejos; San Valente no es un lugar amable para las mujeres que no saben decir "no" a un segundo postre.
—Papá decía que mi inteligencia era lo que importaba, no mi cintura —repliqué, sintiendo el nudo de siempre en la garganta.
—Tu padre era un romántico, Romy. Y mira dónde terminó: bajo tierra y dejándome a mí la carga de convertirte en algo presentable. Ahora baja. Apolo está esperando para llevarte al aeropuerto y no quiero que pierdas el vuelo por un ataque de glotonería de último minuto.
Agatha se dio la vuelta sin esperar respuesta. Así era mi dinámica familiar: un monólogo de críticas donde mi única línea permitida era el silencio.
Bajé las escaleras con dificultad, arrastrando mi equipaje por los escalones de mármol. En el gran salón, bajo el retrato al óleo de mi padre, estaba Apolo. Tenía veinte años entonces, y ya caminaba con la seguridad de un hombre que sabe que el mundo le pertenece. Estaba revisando unos documentos, pero al oírme, levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa era mi único refugio.
—¿Necesitas una mano, pequeña? —preguntó, acercándose con zancadas largas.
—Puedo sola, Apolo. No soy de cristal.
—No, eres de dinamita —rio él, quitándome la maleta más pesada con una facilidad insultante—. Pero incluso la dinamita necesita un transporte seguro. ¿Estás lista para conquistar el mundo académico?
—Estoy lista para irme de aquí —susurré mientras caminábamos hacia el auto.
Agatha nos observaba desde lo alto de la escalera, como un halcón vigilando a su presa. Apolo se dio cuenta y, en un gesto que me detuvo el corazón, me pasó el brazo por los hombros, apretándome con cariño.
—Ignórala, Romy —me dijo al oído mientras subíamos al coche—. Ella solo ve superficies. Yo sé que vas a ser la mejor de tu clase.
Ya en el auto, el silencio era distinto. No era el silencio tenso de la casa, sino uno lleno de promesas. Apolo conducía por las calles de San Valente, pasando frente a las fábricas de chocolate que algún día yo tendría que dirigir.
—¿Vas a escribirme? —preguntó él de repente, sin quitar la vista del camino.
—Tengo que estudiar, Apolo. La carrera de administración y gastronomía no es un juego.
—No me salgas con eso. Prométeme que me escribirás. No quiero que te olvides de tu primo favorito mientras los intelectuales de la ciudad te invitan a salir.
—¿Invitarnos a salir a mí? —solté una carcajada amarga—. Apolo, mírame. Soy la "Gorda Villalobos". Los chicos me piden los apuntes, no citas.
Apolo frenó bruscamente frente a la entrada de la terminal y apagó el motor. Se giró hacia mí, y por primera vez en mi vida, vi una seriedad casi feroz en sus ojos.
—Escúchame bien, Romy. Esos chicos son unos estúpidos si solo ven lo que Agatha quiere que vean. Eres la mujer más brillante que conozco. Tienes una luz que... —se detuvo, como si estuviera buscando las palabras o conteniéndose de decir algo más—. Solo prométeme que no dejarás que nadie allá afuera te haga sentir pequeña. Porque eres inmensa, en todos los sentidos que importan.
—Lo prometo —dije, sintiendo que el calor subía a mis mejillas.
Bajamos del auto y él me ayudó con el equipaje hasta el mostrador. El momento de la despedida llegó demasiado rápido. San Valente se sentía como una jaula, pero Apolo era el único guardia que me trataba con humanidad.
—Cuida de "El Deleite" —le dije, tratando de sonar valiente.
—Cuidaré de todo hasta que vuelvas a reclamarlo. Y Romy... —me detuvo por el brazo antes de que cruzara la puerta de seguridad—. No cambies. No lo hagas por ellos. Si cambias alguna vez, que sea porque tú quieres, no porque te lo ordenaron.
—Buen viaje, Apolo.
—Te estaré esperando, pequeña.
Me di la vuelta y caminé sin mirar atrás. A los dieciséis años, dejaba atrás una casa que me odiaba y un amor que apenas empezaba a entender, sin saber que cuando regresara, las llamas habrían consumido a la niña que era, dejando en su lugar a una mujer dispuesta a todo por recuperar su lugar. El olor a chocolate de San Valente se quedó en mi ropa, pero en mi mente, solo vibraba la voz de Apolo, la única nota dulce en una sinfonía de desprecio.
La fábrica de "El Deleite" era el único lugar en San Valente donde yo sentía que el apellido Villalobos significaba algo más que cenas estiradas y críticas de pasillo. Aquí, entre el ruido de las máquinas de refinado y el calor húmedo de las conchas donde se templaba el chocolate, yo era feliz. O al menos, lo era hasta que escuché el sonido de unos zapatos italianos golpeando el suelo de concreto con una precisión exasperante.No necesitaba voltear. Ese olor a sándalo y autoridad solo podía pertenecer a una persona.—La zona de producción está restringida para el personal que no tiene un propósito operativo, Romy. Y no creo que tu propósito sea comerte las muestras de control de calidad.Me giré lentamente, sosteniendo una espátula de acero como si fuera un cetro. Apolo estaba allí, con la camisa impecablemente planchada (a diferencia de la que arruiné en la piscina) y una expresión que gritaba que era el dueño del mundo.—Para tu información, "querido primo", estoy revisando los nive
La fuerza del choque, sumada a mi impulso y al hecho de que el suelo alrededor de la piscina estaba recién encerado, creó el desastre perfecto. Mis pies resbalaron, mis manos buscaron de dónde agarrarse y lo único que encontraron fueron las solapas de la camisa de Apolo. Lo arrastré conmigo en una caída en cámara lenta.¡SPLASH!El agua fría de la piscina nos tragó a ambos. El impacto me dejó sin aire por un segundo. Manoteé desesperada hasta que mi cabeza salió a la superficie, tosiendo y tratando de quitarme el cabello de la cara.A un metro de mí, Apolo emergió como un monstruo marino furioso. Su cabello perfecto ahora goteaba sobre su cara, y su camisa blanca, completamente empapada, se pegaba a su cuerpo revelando cada músculo de su torso. Si no estuviera tan asustada, habría sido una visión impresionante.—¿Estás loca? —rugió Apolo, escupiendo agua—. ¡Casi me rompes las costillas! ¡Mira cómo has dejado mi camisa!—¡Tus perros! —grité yo, tratando de mantenerme a flote mientras m
El aire de la tarde en San Valente era pesado, cargado con el aroma dulzón del cacao fermentado y la humedad de la selva cercana. Luciano y yo caminábamos por los senderos de piedra del jardín trasero, lejos de los ojos de águila de Agatha y de la presencia gélida de Apolo. A lo lejos, podía escuchar los gritos de mi tía Titi, que seguía en mi habitación peleándose con las cortinas negras que Agatha había ordenado colgar.—¡Romy, por el amor de Dios, este cuarto parece la cueva de Batman! ¡Necesito fucsia, necesito vida! —gritaba desde la ventana del segundo piso, sacudiendo un pañuelo.Sonreí de lado, pero la sonrisa no llegó a mis ojos. Luciano se detuvo cerca de la fuente de los querubines de mármol y se giró hacia mí, con las manos apoyadas en el cinturón de su uniforme.—Romy, hablo en serio —dijo con esa voz grave que siempre me transmitía calma—. Vámonos de aquí. Mi madre tiene espacio en la pensión, sabes que te adora. No tienes por qué aguantar los desplantes de Agatha ni las
El aire en el salón principal de la hacienda "El Deleite" era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de cocina. El rechazo de Apolo todavía vibraba en mis oídos, una frecuencia sorda que me hacía doler los dientes. Traté de recomponerme, de alisar mi vestido negro y recordar que yo también era una Villalobos, aunque nadie en esta casa pareciera recordarlo.Fue entonces cuando la vi.Bajaba las escaleras del brazo de Agatha, moviéndose con una gracia felina que parecía coreografiada. Era alta, de una delgadez que desafiaba la gravedad y con una melena rubia platino que brillaba bajo las lámparas de cristal. Si Agatha era el hielo, esta mujer era el vacío absoluto.—Romy, querida, deja de mirar al vacío y ven a saludar —ordenó Agatha con su tono de general—. Ella es Fabiana de la Torre. La prometida de Apolo.El mundo se detuvo. Prometida. La palabra golpeó mi pecho como un mazo. Apolo no solo me había olvidado; me había reemplazado con la antítesis de todo lo que yo era.Fabiana





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