Dante entró en la habitación y cerró la puerta con un peso sordo. El eco de los gritos de Akira en el comedor todavía vibraba en las paredes, pero allí dentro, el silencio era absoluto. Vio a Ariadna de pie junto al balcón, su silueta azul marino recortada por la luz de la luna, y por un segundo, el aire se le atascó en los pulmones.
—No le hagas caso a mi hermana —dijo Dante. Su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Está celosa. No soporta que te preste atención, y mucho menos que te haya