La cena fue servida en un silencio incómodo.
Elena estaba sentada al otro extremo de la mesa, con la espalda demasiado recta y los ojos fijos en el plato, aunque apenas había probado dos bocados. Ariadna la observaba desde su lugar, sintiendo todavía la garganta sensible por lo ocurrido con Miles. Cada vez que tragaba, una molestia le recordaba sus dedos apretándole el cuello.
Ninguna de las dos hablaba.
La vajilla fina, las copas de cristal, los cubiertos brillantes y el enorme comedor solo ha