Esta vez no intentó acorralarla. Se mantuvo a una distancia prudente, con las manos entrelazadas al frente, adoptando una postura de humildad que Ariadna no le conocía. Vestía un traje gris que lo hacía ver como el hombre de negocios exitoso que su padre tanto admiraba.
—Ariadna, quería pedirte disculpas por lo de anoche —comenzó él, bajando la mirada—. Me dejé llevar por la emoción de tenerte de vuelta. Ver que habías despertado después de tanto tiempo me nubló el juicio. No quise asustarte, d