La paz en la capital era una ilusión óptica que solo los ciudadanos comunes podían disfrutar desde la distancia de sus hogares. Para Caspian, el Rey recién coronado, cada rincón del Palacio de Cristal se había convertido en una jaula de oro donde los barrotes eran las expectativas asfixiantes de su consejo.
Habían pasado meses desde que Alistair y Elowen partieron hacia el Norte, y aunque Caspian se alegraba por la felicidad de su mejor amigo, a veces sentía una envidia sana que le carcomía el