Mientras Caspian cabalgaba de regreso, el viento nocturno enfriaba el rastro de la calidez de Isolde en su piel. El contraste era casi violento. Había dejado atrás un paraíso de musgo y susurros para entrar de nuevo en un laberinto de piedra y traiciones. Al cruzar el umbral de las caballerizas, no fue recibido por el silencio, sino por la figura rígida de su secretario, Silas, quien lo esperaba con una expresión de profunda preocupación.
—Majestad, el Duque de Monterro ha convocado una sesión