El sol comenzaba a filtrarse entre las copas de los robles centenarios, creando un juego de luces y sombras que danzaba sobre el rostro de Isolde con una delicadeza que ningún pintor de la corte habría sido capaz de replicar. Caspian la observaba en un silencio casi sagrado, con una fascinación que no podía —ni quería— ocultar; había algo en su forma de sostener aquel libro manchado de barro que le resultaba infinitamente más noble que cualquier corona de oro o cetro enjoyado que hubiera visto