Cinco años después.
La casa frente al mar ya no era solo un hogar familiar. Se había convertido en un lugar sagrado de tradiciones, risas infantiles y recuerdos que se transmitían como tesoros.
Lia Valentina, ahora con cinco años, corría descalza por la arena persiguiendo las olas. Su cabello negro ondeaba con el viento y su risa era idéntica a la de Camila cuando era niña. Detrás de ella corría su hermano menor, Mateo Diego, de tres años, tropezando con sus propias piernitas.
Camila, sentada e