La ciudad nos recibe con una niebla espesa que parece saber demasiado. No hay sirenas, ni persecuciones a la vista, pero se siente como si nos estuviéramos internando en la boca del lobo con una sonrisa en los labios.
No hay más escondites.
Desde que cruzamos la frontera en la madrugada, el silencio entre Viktor y yo se volvió otro idioma. Uno que se habla con roces de dedos, miradas cargadas de palabras que no nos atrevemos a decir y una tensión tan densa que, si alguien nos tocara, explotaría