La noche cayó como una sentencia.
Todo está más frío que de costumbre. No por la temperatura —el fuego en la chimenea sigue crepitando—, sino por la forma en que el silencio ha comenzado a instalarse entre nosotros, como un huésped no invitado. Uno que no se va.
Viktor lleva horas encerrado en la habitación del fondo, hablando por teléfono, revisando mapas, organizando rutas de escape y puntos de contacto. Pero ya no lo hace con su ejército completo. Ha empezado a perder aliados.
Los nombres de