A veces, el miedo no tiene rostro. A veces, es un murmullo que se escurre por debajo de las puertas, una notificación anónima en un móvil, un susurro que corre por redes que jamás debieron conocer tu nombre.
Esta vez… soy yo la que aparece en esa red.
Mi rostro.
Mi nombre.
Una recompensa.
Como si no fuera suficiente con tener un acta de defunción falsa sellando mi destino, ahora alguien ha decidido que no basta con hacerme desaparecer del mundo. Quieren borrar mi existencia, como si nunca hubie