El Milagro y la Emboscada
El teléfono se le resbaló de la mano a Ariadna, cayendo al asfalto con un golpe seco. El dolor, la rabia, la confusión… todo desapareció, reemplazado por un miedo que le heló la sangre. La voz de su tía, desesperada, resonó en su mente. “Tienes que venir al hospital de inmediato. Es tu madre.”
El mundo de Ariadna se detuvo. Sin pensarlo dos veces, se lanzó a la calle, el corazón le latía desbocado en el pecho. Las lágrimas le empañaron los ojos, pero no las dejó caer.