El estruendo de la puerta debió resonar en toda la casa porque Francisco sintió la corriente del viento en su cara justo después de ver la silueta de Constanza justo delante de sus ojos. Casi la pudo tocar y abrazarla y decirle que nada más importaba si no eran ella y ese bebé, pero Consranza no estaba lista para escuchar palabras hermosas y consuelo. La noche pasó demasiado lento mientras Francisco se revolcaba en esa cama que ni siquiera era la suya, aunque lo que menos hechaba de menos era l