Al otro lado de la ciudad, la mansión de Marcello Rinaldi estaba envuelta en un silencio tenso, casi ceremonial. No era calma… era preparación.
En el amplio vestidor, iluminado por luces cálidas y espejos perfectamente alineados, Marcello permanecía de pie frente a su reflejo. Vestía un traje negro impecable, entallado a la perfección, con una camisa blanca que contrastaba con la oscuridad de su presencia.
Sus manos se movían con precisión mientras acomodaba la corbata, ajustándose milimétrica