La camioneta se detuvo frente a la mansión con un sonido seco.
Las puertas se abrieron casi al mismo tiempo, y Santino descendió primero, con esa presencia imponente que parecía llenar el espacio sin esfuerzo. Su expresión era seria, cerrada, y en sus ojos aún se reflejaba el eco de la conversación con el patriarca.
Detrás de él, Stefano bajó también, manteniendo la distancia justa, atento a cada gesto de su jefe.
Ninguno dijo una palabra.
No hacía falta.
El ambiente entre ambos estaba cargado