La paz en la cabaña de Don Pancho duró lo que dura un suspiro en un huracán. Estábamos durmiendo entrelazados, con el olor a leña y a tierra mojada arrullándonos, cuando un ruido seco, como de una rama rompiéndose bajo una bota pesada, me hizo abrir los ojos de golpe. No era el viento. No era un animal del monte. Era el sonido del peligro que nos había alcanzado.
León se tensó a mi lado antes de que yo pudiera decir "hola". Me tapó la boca con su mano caliente y áspera, pegando sus labios a mi