Entramos al baño y Leon cerró la puerta con el seguro. El lugar era enorme, todo de mármol blanco y espejos que parecían juzgarme con su brillo impecable. Yo me tambaleé un poco y me apoyé en el lavabo, mirando mi reflejo. ¡Madre mía! Parecía que había peleado con un mapache y el mapache había ganado. Tenía rímel corrido por las mejillas y un trozo de hoja seca enredado en el encaje del pecho.
—Mírate nada más... —susurró Leon, dejando mis tacones sobre el mármol—. Pareces una fugitiva, no una