Salimos del baño y el aire frío del pasillo me pegó en la cara como un bofetón de realidad, pero el vino seguía haciendo de las suyas en mi cabeza, dándome una confianza que no era normal. Leon me llevaba del brazo, caminando tieso como si se hubiera tragado un palo, tratando de ignorar que hace dos minutos casi me devora contra el mármol.
Llegamos al centro del jardín y la música cambió de golpe. Una melodía suave, de esas que te obligan a pegarte al otro, empezó a sonar. Todos los invitados h