FERNANDO
Me desperté antes de que sonara el primer canto del gallo. Y no, no es una metáfora. Literalmente, ese condenado gallo de la hermana Teresa canta a las cuatro de la mañana, como si creyera que somos parte de su corral.
Me quedé unos segundos mirando el techo de mi celda… bueno, habitación, intentando no quedarme dormido de nuevo. Cerré los ojos. Respiré hondo. Los abrí. Y ahí estaba, el mismo techo de siempre. Suspiré.
—Bueno, Fernando —me dije en voz baja—. Hoy es el gran día. Hoy no