Sofía
Salimos de la vieja finca de Leonardo casi corriendo. El aire de la madrugada me golpeó la cara con una fuerza que me despeinó los cabellos y me devolvió, aunque fuera por unos segundos, la sensación de libertad. Bufé con rabia contenida, con impotencia y con el peso de todas las preguntas que no me dejaban en paz.
—¿Y ahora qué? —pregunté, mirando a Salvador y Fernando como si ellos tuvieran todas las respuestas guardadas en los bolsillos.
Salvador, que aún tenía el pecho agitado por el