—¿Cómo amaneció mi princesa? —resonó en aquella habitación roja, adornada con alfombras persas y con las chimeneas encendidas en cada esquina, como si el fuego mismo vigilara la escena.
Isabella estaba allí, encadenada de muñecas a un pesado sillón de madera tallada. Su rostro, normalmente sereno, estaba bañado en lágrimas. El jefe de la mafia se inclinó hacia ella con una sonrisa despiadada, sus ojos negros brillando con malicia.
—Por favor… no me hagas daño —suplicó Isabella, temblando y reto