Elena se arrodilló de inmediato, atrapando el cuerpo de Amadeus entre sus brazos. La sangre empapaba sus manos y el suelo, y un temblor recorrió su cuerpo al ver que la herida era profunda, quizá mortal. —¡Amadeus, mírame! —susurró con voz rota, tratando de mantenerlo consciente—. ¡No cierres los ojos!
A unos metros, el jefe de la mafia lanzó una risa gutural, entrecortada por su propio cansancio y las heridas. —El gran Alpha… —dijo con voz áspera, llena de desprecio—. Mira en qué lo han conver