El cambio ya no era solo interno. Lo sentí primero como una corriente sutil que recorría las reuniones, los espacios de trabajo, los cafés y pasillos donde antes todo parecía pulido, uniforme, predecible. Ahora, cuando alguien repetía los términos del sistema, había un instante de pausa, una respiración extra, un gesto que delataba incomodidad. No era rebelión abierta, ni un grito, ni siquiera una discusión: era percepción, fisura colectiva. Se empezaba a notar que las palabras ya no tenían el