El aire ya no se sentía solo denso, sino cargado de una presión casi imperceptible que se adhería a la piel como una advertencia que nadie había formulado en voz alta pero que todos, de alguna forma, estaban empezando a obedecer sin entender por qué, y mientras caminábamos entre los senderos iluminados por una luz artificial demasiado suave para disipar completamente las sombras, tuve la sensación inquietante de que el sistema que habíamos observado, acompañado y calibrado durante tanto tiempo