ETHAN
La noche se deshacía sobre Roma como tinta derramada, lenta, espesa, cubriéndolo todo con ese brillo fatalista que solo esta ciudad puede ofrecer cuando decide mostrarse como la ruina hermosa que es; en el salón principal, las luces eran apenas un resplandor ámbar sobre las paredes de mármol, palpitaban, titilaban casi al ritmo de mi propia respiración, como si incluso la electricidad supiera que estaba perdiendo la paciencia o la cordura, o ambas al mismo tiempo, y ese parpadeo tenue hacía que las sombras se alargaran en las esquinas como criaturas expectantes que aguardaban mi caída. Estaba sentado frente a la mesa larga donde reposaban los nuevos informes, papeles clasificados que parecían respirar como animales dormidos, pero no los leía, no podía hacerlo, porque sabía que cada línea podía contener palabras que me destruyeran de una forma que ni Alessia, ni Camila, ni todos los demonios que inventamos entre nosotros habían conseguido; podía encontrar allí una frase tan simpl