ZOE
La tormenta no dejaba de golpear las ventanas, como si quisiera derribarlas a fuerza de furia líquida. La mansión Salvatore respiraba un silencio tenso, uno que se extendía por los corredores como un animal que acecha. Yo estaba de pie en el pasillo cuando escuché la voz de Dante desde su despacho, una voz que no había escuchado antes: baja, contenida, casi… rota.
No quise acercarme, pero algo en el tono me obligó a dar un paso después otro hasta que la puerta entreabierta dejó escapar un fragmento de la llamada.
—…y ella ya me pertenece.
El mundo se detuvo, sentí cómo la sangre se me enfriaba en un segundo, como si alguien hubiera sumergido mi corazón en agua helada, reconocí la voz aun en la estática, aun disfrazada.
Mi madre.
Eliane Vallesi.
La mujer cuyo nombre había tratado de olvidar desde la noche en que descubrí que mi vida no me pertenecía. Que mi memoria era un archivo manipulado, que mis recuerdos eran injertos cuidadosamente sembrados donde debía haber infancia.
Dante