ZOE
La tormenta no dejaba de golpear las ventanas, como si quisiera derribarlas a fuerza de furia líquida. La mansión Salvatore respiraba un silencio tenso, uno que se extendía por los corredores como un animal que acecha. Yo estaba de pie en el pasillo cuando escuché la voz de Dante desde su despacho, una voz que no había escuchado antes: baja, contenida, casi… rota.
No quise acercarme, pero algo en el tono me obligó a dar un paso después otro hasta que la puerta entreabierta dejó escapar un f