Con el paso de las semanas empecé a notar que el desplazamiento del centro de gravedad del que habíamos hablado Zoe y yo no solo estaba afectando la estructura de las conversaciones, sino también algo que hasta ese momento había permanecido relativamente invisible: la velocidad con la que las personas parecían comprenderse entre sí. No me refiero a una aceleración superficial, esa rapidez nerviosa que suele aparecer cuando alguien intenta responder antes de haber escuchado completamente al otro