Durante años pensé que los cambios sociales siempre anunciaban su llegada con ruido, con protestas visibles, con discursos inflamados que exigían ser escuchados. Había aprendido a identificar esas señales como si fueran síntomas de un sistema nervioso colectivo que se agitaba antes de transformarse. Sin embargo, lo que estaba ocurriendo ahora no se parecía en nada a ese patrón. No había gritos ni manifiestos ni nuevas corrientes ideológicas compitiendo por atención. Había, en cambio, una especi