Hubo un momento —difícil de ubicar con precisión, pero imposible de ignorar una vez ocurrido— en el que comprendí que el cambio silencioso que habíamos estado observando durante meses había alcanzado un punto donde ya no podía permanecer completamente invisible para la estructura institucional. Hasta entonces, la diferencia generacional había sido interpretada como una curiosidad estadística, un desplazamiento menor en los hábitos comunicativos que quizá terminaría integrándose de forma gradual