—¡Zoe, tienes que ver esto! —gritó Verona desde la sala de comando.
Salí envuelta apenas en la sábana, aún con el sabor de Dante en la boca y la piel marcada por su hambre. Él venía detrás, a medio vestir, con el torso desnudo y la pistola en mano, como un dios de guerra arrastrado al presente por la furia. Aún olía a sexo, a sangre seca y a promesa rota.
La pantalla proyectaba mi cara. Pero no era yo. Era una versión de mí, monstruosa, cruel, imposible. Un video falso, generado con IA, donde